--¡Luucas! --canté yo cuando él cogió el teléfono.
--¿Aali? --cantó él.
--Estoy a cinco calles de tu hospital --canturreé yo.
--¿Qué?
--Hospital. Ya sabes, ese sitio donde curan a la gente...--dije yo aguantándome la risa.
--Hoy me hacen pruebas, ni hoy ni mañana podrás venir, Ali... --suspiró.
--Da lo mismo. El sábado a primera hora, voy --dije yo paseando nerviosa.
--Vale, Croquetita. Me alegro de que hayas venido. Tengo que decirte algo. Cara a cara. Pasado mañana nos vemos.
--¿Qué tienes que decirme, Lucas?
--Nada. Es decir, es algo, pero por aquí no, ahora no.
--Es mejor que vaya sabiéndolo.
--No lo es. ¡Calla! Te lo contaré el sábado.
--Tonto. Yo lo quiero saber.
--¿Si cuelgo te callarás?
--Probablemente.
--Pues hasta el sábado --dijo riendo y colgó.
--¡Hasta el sábado! --dije con voz alegre, colgando.
--¿No podemos vernos? --dijo Dea, preocupada.
--No hasta el sábado... --suspiré-- ¡Pero podemos ir a la heladería!
--En la heladería de aquí no habrá HelaSitos --dijo ella con una sonrisa en la cara.
--Si que habrá --reí--. Pero los de nuestra heladería son insuperables.
Entramos en la heladería cogidas del brazo, dando saltos y agitando la cabeza.
--Dos helados de nata con ositos-- pedí yo.
Los cogimos y nos sentamos en una mesa amarilla con sillas naranjas. Esa heladería hacía daño a los ojos.
--¿Entonces hasta el sábado no podremos ver a Lucas? --repitió ella.
--Exacto, pesada --dije yo poniendo los ojos en blanco.
--¡Yo no soy la que ha hablado con él! --exclamó ella -- Por cierto, ¿le vas a contar lo de Dylan?
--No creo... --suspiré.
--¿Por qué? --dijo ella, interesada.
Me callé. Iba a romper con Dylan, pronto, lo más pronto que pudiese. Pero antes quería fastidiarle la apuesta. Pensaba estar alejándome de él hasta que rompiésemos.
--No tiene por qué saberlo --dije al final --. Ya tiene demasiados problemas.
--Tienes razón, pero ya sabes que no me gusta ocultarle cosas...
Era verdad, cuando éramos niños le contaba secretos a Dea y siempre se los acababa contando a Lucas por culpabilidad. Sabía mentir, pero no ocultar cosas.
--Dea, por favor. Solo hasta que se recuperé.
--Vale, Ali. Vale.
El sábado Dealia y yo nos levantamos pronto, demasiado. Pero no podríamos haber dormido igual, estábamos demasiado nerviosas. Nos vestimos igual, camiseta blanca, vaqueros azules y deportivas negras. Salimos por la puerta intentando parecer normales. Antes de llegar a la esquina, ya estábamos discutiendo sobre si era lógico que el día anterior le hubiésemos comprado una croqueta de peluche a Lucas. Bueno, daba igual que no fuésemos normales, ¡íbamos a ver a Lucas!
''Treinta por ciento, treinta por ciento...'' era lo único que pensaba cuando me acosté, con Dea a mi lado. Llevábamos durmiendo juntas al menos una vez cada dos semanas desde tercero de primaria. Pero eso no me importaba.
Lucas, mi Lucas, con un setenta por ciento de posibilidades de morir. Lucas era fuerte, tenía que sobrevivir. O eso me repetía a mi misma todo el rato para no derrumbarme y acabar llorando abrazada a la almohada. Giraba y giraba, intentando dormir. Ya ni me interesaba lo de Dylan. Bien pensado, creo que ni me gustaba. Pero a Lucas le quería, le quería de verdad. Si le pasaba algo, jamás me lo perdonaría. Era mi pequeño Lucas, le conocía desde siempre y necesitaba verle.
Luego estaba lo de Dylan, pero, sinceramente, no pasaba nada. Conocía esas apuestas. El chico intentaba enamorar a la chica y tenía que conseguir besarla delante de toda la clase, o, en su defecto, de todos los chicos que participasen en la apuesta. Después tenían que romper de una manera que fuese vergonzosa para la chica, todo eso antes de que pasasen nueve meses o el chico tendría que pagar entre diez y veinticinco euros. Si el chico era rechazado en público antes de los dos meses perdería.
Podría rechazarle, pero perdería toda la gracia. Yo quería vengarme y quería ser cruel y para eso iba a necesitar la ayuda de Dea.
Entré en clase el lunes, cogida del brazo de Dea, hablando de cosas intrascendentes, disimulando.
--¿Entonces ahora toca tutoría? --preguntó sentándose encima de la mesa, a mi lado.
--Sí --dije yo apoyando los pies en la silla de delante mía viendo como se acercaba Dylan.
--Hola preciosa --dijo él poniendo las manos a ambos lados de mis piernas, en la mesa e inclinándose para besarme.
Me eché hacia atrás con una sonrisa pícara y puse sus manos en su cara.
--Aquí no, tonto...--sonreí.
Por dentro estaba tirada por el suelo disfrutando de la venganza, pero por fuera estaba seria y fingía vergüenza. Me giré para hablar con Dea, ignorando a Dylan un poquito.
--¿Sabes que hay puente de cuatro días en semana y media? --dije sonriendo.
--¿Podemos ir a ver a Lucas, mamá? ¿Podemos, podemos? --dijo levantándose y dando saltitos delante mía.
--¡PODEMOS! --grité yo riendo.
--¡Bien! --rió ella --¿Cómo convenceremos a nuestros padres?
--Con un autobús --dije yo, sentándome en la silla.
--Vale, me lo apunto --dijo ella cuando entró la profesora.
A mitad de la clase, me llegó una nota de Dylan, que se había sentado detrás. Me preguntaba que por qué no le había besado. Le devolví la nota, diciendo que me daba vergüenza que nos vieran todos. Mentira, pero bueno, mientras pudiese torturarle con la apuesta todo iría bien.
Una semana y media después, estaba en la estación cogida del brazo de Dea. Íbamos a quedarnos en casa de mi tío, solas porque mi tío no estaba, hasta el domingo por la mañana. Al llegar a Valencia, llamaríamos a Lucas y le diríamos donde estábamos para verle. Le echaba muchísimo de menos. Y eso que llevaba menos de un mes sin verle.
--Hey, Lucas, ¿qué tal? ¿Estás bien? ¿Has ligado con alguien en el hospital? --dijo Dea en cuanto Lucas cogió el teléfono.
--¿Dea? ¡Hola! Bueno, sí, estoy bien, supongo. ¿Alissa te ha contado lo de la operación?
Me puse la mano en la boca. Entre Dylan, Lucas y las croquetas se me había olvidado contarle a Dea lo de la operación de Lucas.
--No, no me lo había contado...--me miró mal.
''Lo siento'' dije en voz baja.
--Uy, que raro. Bueno, pues en Fallas me van a operar y me gustaría que viniese.
--¿Y yo no? --se hizo la ofendida.
--Ven tú también si quieres. Por cierto, antes me iba a decir algo y se me cortó, ¿tú sabes que me iba a decir?
Suspiré aliviada. ¡No lo sabía! Lucas no lo sabía, no sabía que Dylan y yo salíamos. Aunque quizá fuese peor. Lucas tenía derecho a saberlo, pero no podía decírselo otra vez. Se lo tomaría mal...
--No, no sé... ¿Entonces has hecho amigos por ahí?
--Sí, de las clases de aquí y tal.
--¿Y hay chicas? --rió Dea.
--¡Cotilla! Oye, si te pregunto por Alissa, ¿le vas a decir algo?
--No, tranquilo --dijo haciéndome un gesto para que me acercara.
--¿Está mal? Se le ve triste.
--No le has visto --dijo ella levantándose y caminando de un lado para otro, nerviosa. Menos mal que el altavoz estaba puesto.
--Se le oye, escucha, nota. El verbo que quieras usar, está alicaída.
--Pues no sé. Algo triste si que le noto... Cuando vaya allí en Fallas habláis, será lo mejor.
Eché una mirada asesina a Dealia. ¿Tanto le costaba mentir y decir que no me notaba nada? Quizá si se me notaba alicaída, pero lo intentaba disimular. No me gustaba nada preocupar a la gente. Y menos a Lucas, teniendo en cuenta lo que él tenía que aguantar, la enfermedad, todo.
--Para Fallas queda mucho, a mi me preocupa ahora. Cuida de ella por mi, ¿eh? Que cuando vuelva pienso alegrarla a cosquillas.
--Si le haces cosquillas hará la croqueta por su sótano.
--Por algo es la Croqueta... --su voz sonó triste y yo sentí ganas de llorar.
--Sí...--suspiró Dea.
--Dile que se alegre, ¿vale? Por mi.
--Por ti hará lo que sea, Lucas.
Me salió una sonrisa. Que bien me conocía Dea.
--No sé. Oye, ¿sabes si está saliendo con alguien?
--Que yo sepa no--mintió--. Aunque se está acercando a Dylan, pero creo que es como amigos.
--¿Dylan? ¿Nuestro compañero?
--Ajam. Hablan bastante y se pasan juntos todo el día.
--¿Sabes que ese chico hacía apuestas con sus amigos para ver si conseguía ligarse a alguna de las chicas de la clase y luego romperles el corazón?
Me quedé paralizada. ¿Qué?
--¿Perdona?
--Sí, este verano ya estuvo con algunas. Dile a Alissa que tenga cuidado, suele conseguirlo.
--Tranquilo, seguro que no te traicionaría...--dijo mirándome mal.
--No estamos juntos, Dea. Es libre. Por cierto, tengo que contarte algo, pero necesito que no se lo digas a Alissa. Se preocuparía demasiado...
--Dispara --dijo ella mirándome.
--Es sobre la operación... Le dije que me operaban, pero no las posibilidades que hay de que sobreviva.
--¿Y cuáles son, Lucas Ambrosio?
--¡Qué no es Lucas Ambrosio! Al final me convencéis. Un treinta por ciento.
--¿Treinta por qué?
--Un treinta por ciento de posibilidades de que sobreviva a la operación.
Apenas salió Dea por la puerta, me llamó Lucas.
--Hey. No me has llamado, Croquetita --dijo.
--¿Eh? Ah, ya. Perdona, estaba ocupada...
--No pasa nada. Oye, te tengo que contar una cosa. Es importante.
--Y yo a ti, pero mejor tú primero.
--Bueno, nada--casi podía oir como sudaba, le temblaba la voz, tenía que estar nerviosísimo--es que... Bueno, me han estado haciendo pruebas. Y los resultados no son muy buenos.
--¿Qué?--musité.
--Me tendrán que operar. Será por Fallas, en vacaciones. Me pregunto si... si podrías venir a verme.
--Claro. Se lo diré a mi madre, seguro que me deja.
--Gracias, Alissa. De corazón, creo que no soportaré estar solo antes de la operación. Estar con la chica a la que quiero será mejor.
Oh, Dios. Era una mala persona.
--Tranquilo. Oye, sobre lo que te tenía que decir...
--Rápido, me quitan el teléfono. Voy a hacerme pruebas.
--Estoy saliendo con Dylan--solté de carrerilla.
Esperé a que dijese algo y, al ver que no contestaba, separé el móvil de mi oreja y miré la pantalla.
Había colgado. Creo que se me rompió el corazón.
--¿Pero a ti te gusta Lucas o te gusta Dylan? --dijo Dealia.
Ella estaba de pie encima de mi cama, saltando vestida con un pijama de verano color gris y yo la miraba entre tumbada y sentada en una alfombra negra, vestida con un pijama parecido al suyo, pero marrón. Eran las diez y habíamos estado un rato hablando sobre cosas normales --helados, parejas del verano, unicornios, croquetas...-- pero al final la conversación había pasado de todos los motes que tenía a hablar de Dylan y Lucas.
--No lo sé...-- musité abrazándome las rodillas.
--Te gusta Lucas--dijo. No era una pregunta--. Pero, ¿te gusta Dylan?
--Creo que sí.
--¿Crees?
--Hace que no piense en las cosas malas.
--Para eso están los amigos, cariño. No los novios. Con los novios están para...
--¿Para qué?--la miré riendo.
--Para morrearse, muac, muac--rió.
--Eso también lo hacemos--dije yo saltando a la cama y tirando a Dea.
--Pero tú quieres a Dylan para no pensar en Lucas. ¿Qué harás cuando Lucas vuelva?--dijo volviendo a saltar a la cama.
Me callé. Lucas ya me debía odiar por salir con Dylan, pero necesitaba desconectar. Si pensaba en Lucas me entraban unas ganas de llorar enormes y con Dylan no pensaba en Lucas. Pero estaba utilizando a Dylan y eso estaba mal. Tenía la cabeza hecha un lío y Dea diciéndome como actuar no mejoraba la situación. Era como tener a Pepito Grillo en la oreja diciéndome lo que debía hacer para que todo fuese bien. Pero si rompía con Dylan él se sentiría mal --aparte de que me ganaría una mala fama en todo el instituto, pero eso me daba igual-- y si seguía con él, Lucas acabaría odiándome. Las cosas no eran tan fáciles.
--A dormir, Dea--dije cogiendo una almohada y dándole en la espalda con ella.
--¡No has respondido! --se quejó, saltando al suelo-- Además, son las diez. ¡Las diez! Llevo sin irme a la cama a las diez desde quinto de primaria.
--Será una experiencia novedosa-- dije saltando yo también y rodando por el acolchado suelo de mi cuarto.
--¿Ahora entiendes por qué te llamamos Croqueta?-- dijo ella sentándose en mi escritorio-- Además vas de marrón.
--¿Entonces no quieres quedarte aquí y dormir? --pregunté yo ignorando las palabras que había dedicado a mi mote.
--No--negó ella contundentemente.
--Pues vamos al jardín --dije yo cogiéndola del brazo y subiendo el tramo de escaleras hasta la planta baja corriendo.
--Las escaleras de tu sótano me hartan, amor, cariño de mi vida--dijo corriendo agarrada a mi brazo.
--Lo sé --dije yo sacándola al jardín.
--Oye...--dijo ella-- ¿Quieres que llame yo a Lucas?
Pensé si sería bueno o no. Quizá Lucas se mosqueaba por el interrogatorio repentino de Dea, pero por otra parte, Dea siempre nos interrogaba y yo necesitaba saber.
--Llama.
--Eso es mentira...--susurró Dealia cuando le conté lo de Lucas.
Estaba sentada con las piernas cruzadas en el acolchado suelo de mi sótano, con un plato de arroz delante, puesto en una mesa baja que solía usar para jugar a las cartas.
Mi sótano era completamente blanco y las paredes y el suelo eran como un colchón. Había conseguido eso porque un tío mío trabajaba haciendo eso y lo había hecho gratis.
--No, no lo es, Dea.
Se tumbó en el suelo, dejando el plato del arroz lleno.
--No... ¿Por qué él?
--Porque a alguien le tiene que tocar, Alia. Y le ha tocado a él.
--Pero...
No llegó a acabar porque llamaron al timbre. Subí las escaleras del sótano y abrí la puerta corriendo.
--Hey-- dijo Dylan --. ¿Quieres un HelaSito?
--Hola, ¿qué tal, Alissa? Yo bien, ¿tú? Bien, o mal. Me alegro, o ¿qué te pasa?--me burlé.
--¿Quieres o no? --rió.
--Tengo a Dealia abajo --expliqué.
--¡Dealia deja que mamá salga con Dylan! --gritó Dealia desde el sótano-- ¡Pero recuerdo que a las seis tienes que estar aquí, la niña vendrá a dormir!
--¿La vas a dejar aquí? --preguntó Dylan cuando cerré la puerta y bajé los escalones.
--Ni que fuera a quemar la casa --reí--. Igualmente ella ha pasado más tiempo en esa casa que yo.
--¡Imposible!-- exclamó llevándome hasta el camino cogiéndome del brazo.
--¿Qué no? Uy. Ya verás--reí--. Ahora se irá, de todos modos.
Cogimos los helados y nos fuimos a pasear por un parque que había cerca de la plaza del pueblo. Había muchísimos árboles y fuimos a pasear por una zona que era como un minibosque, acabándonos los helados y hablando.
--Entonces, ¿no te gusta Lucas?
--No--suspiré.
--¿Nada?
--Nada--dije alargando la primera ''A''.
--¿Y yo?--dijo inclinándose hacia mi y acorralándome contra un árbol.
--¿Y tú?--le miré sonriendo pícara.
--¿Eso es un sí?
--Puede ser...--dije apretando mi espalda contra el árbol.
--¿Me lo vas a confirmar?--dijo acercándose a mi.
--¡Si me alcanzas!--dije apartando el brazo que me mantenía contra el árbol y echando a correr.
--¡No corras, Alissa!--dijo persiguiéndome.
Sin hacerle caso y riendo a carcajadas, seguí corriendo, subiéndome a las raíces para no caerme, apartando las ramas y saltando sobre las piedras. Él iba detrás, corriendo a toda velocidad intentando alcanzarme. Tropecé con una rama, sin llegar a caerme pero eso le dio la ventaja suficiente para alcanzarme.
--Ñe --dije yo cuando me alcanzó y me cogió de la mano--. Sí.
--¿Sí qué?--dijo él mirándome.
--Sí a eso.
--¿Eso qué?
--Eso--dije refiriéndome a que sí me gustaba--. Sí y mucho.
--Creo que entiendo...--dijo arrastrándome bajo las ramas de los árboles.
Hubo un silencio incómodo, solo roto por el ruido que hacía yo cuando una hoja me caía en el pelo y la tiraba al suelo.
--Oye-- dijo él obligándome a sentarme a su lado bajo un árbol, un olmo, a la sombra.
--¿Qué pasa, Dyl?--dije yo.
--Nada --negó con la cabeza--. Solo que... No sé.
--Prueba.
--Me preguntaba si... Si...
--Dylan, dispa...-me dio tiempo a decir antes de que me interrumpiera con un beso.
Un beso que yo le seguí.
Entré en casa a las cinco y media. Había pasado varias horas con Dylan y lo único que habíamos hecho había sido besarnos bajo el olmo. Bueno, algo habíamos hablado, aunque la mayor parte de la conversación se perdía entre besos. Habíamos dicho algo de gustarnos y de que él nunca me haría daño... Creo.
Me duché y vestí y esperé a que viniese Dea tumbada encima de una de las alfombras negras de mi sótano. Era el único color que había, aparte del blanco. Al principio iba a ser mi segundo cuarto, pero acabo siendo el primero, tenía toda la ropa ahí.
Cuando Dealia llamó al timbre, yo abrí corriendo y le dejé pasar, ansiosa por contarle las novedades.
--Pasa, pasa, te tengo que contar cosas...--dije guiándola al piso de abajo.
--¿Qué cosas?--preguntó corriendo detrás de mi.
--Beso, Dylan, yo, pareja --resumí riendo.
--¡No! ¿Y Lucas?
--Quedamos en que éramos libres...
--¡Han pasado solo dos semanas! Puf. Luego vengo, ¿vale? Tengo que ir a por mi hermana a ballet.
--Vale...--suspiré.
Dea tenía razón.
Día trece. No me lo podía creer. Esa mañana empezaba el nuevo curso, comenzaba con primero de bachillerato. Estaba muy nerviosa, necesitaba tranquilizarme, así que aunque al ser el primer día entrábamos a las doce y media e íbamos media hora, me levanté a las siete.
Me duché y me dejé el pelo secar al aire, dejándolo ondulado y brillante. Me puse unos pantalones vaqueros negros, una camiseta de manga corta blanca, en la que ponía ''Croquetea, pequeño ser humano. Croquetea y relájate'' y unas deportivas negras de punta blanca. Lo de punta blanca era relativo, porque cuando me aburría las decoraba y en este momento tenía dos elegantes mariposas, una en cada punta, y, al rededor de las mariposas, los nombres de todos los helados que nos habíamos inventado mis compañeros y yo. Pensé en ponerme algún accesorio, pero no tenía ningún collar --todos se me acababan perdiendo, era muy despistada--, las pulseras me quedaban todas enormes por culpa de mi muñeca esmirriada y los pendientes eran impensables. Así que me quedé como iba, pero solo eran las ocho y media y no tenía que salir hasta las doce y diez o doce y cuarto.
Cogí el móvil pensando si llamar a Lucas o no. No había vuelto a saber de él desde que habíamos hablado el día uno, cuando se fue. No sabía que hacer, ¿le llamaba o no? Él había dicho que me llamaría, pero no me había llamado, yo tenía derecho a estar preocupada... Al final le envié un mensaje, preguntándole que qué tal estaba y si había llegado bien. Poco después, me llegó una respuesta ''Sí, llegué bien. Me hicieron una quimio un par de días después de llegar, pero ya estoy mejor''.
Estaba bien, al menos. Esa tarde le llamaría, necesitaba oir su voz. Se lo puse en un mensaje y me puse a releer Los Juegos del Hambre en lo que pasaba el tiempo hasta las doce. A esa hora, cogí las llaves, el libro y una libreta y un boli para apuntarme el número de la clase y el nombre de mi tutora. Lo metí todo en un bolso y salí hacia mi instituto.
Cuando llegué, apenas había gente en el Salón de Actos, que era donde dividirían los diferentes bachilleratos y cada uno iría con su tutora. Saqué el libro del bolso y me puse a leer hasta que un grito hizo que me girara.
--¡ALISSA! --gritó una chica corriendo hacia mi esquivando las sillas y abrazándome.
--¿Hola, Dealia?--dije yo abrazando a mi mejor amiga.
Dealia era guapa, con ojos negros y pelo castaño muy claro, casi rubio. Ese día iba vestida con unos pantalones cortos negros y una camiseta de manga corta roja, con deportivas a juego.
--¿Hola? ¡Llevo dos meses sin verte!
Era cierto, se había ido a principios de julio y no le había visto. Además, en su pueblo no había cobertura y no habíamos hablado nada.
--Vale, pues ¡Oh, Dios, cómo te he echado de menos, querida, pequeña de mi alma, ángel de mi vida, luz de mi corazón, esperaba que volvieses para abrazarte hasta que te dejase sin cabeza! ¿Mejor?
--Sí, mucho mejor --dijo sentándose a mi lado --. ¿Noticias?
Pensé si decirle lo de Lucas o no. Pero era su amiga y se acabaría enterando, mejor decírselo.
--¿Sabes lo de Lucas?
--No, ¿qué le ha pasado?
--Pues...-- empecé a decir cuando la directora me interrumpió.
La directora era una señora de unos cincuenta y muchos años, con el pelo rubio anaranjado, claramente teñido, cara plagada de arrugas y ojos negros.
--Buenos días pequeños. Bueno, pequeños. Pequeños erais cuando entrasteis aquí en primero de la ESO, cargados con unas mochilas que prácticamente eran más grandes que vosotros...
Y la charla continuó durante diez insufribles minutos en los que estuve tentada de dormirme apoyada en el hombro de Dealia.
--A ver, ¿por dónde iba?-- dijo la directora después de contar la historia de como ella de pequeña no tenía cosas tan modernas como las que teníamos nosotros ahora.
--¡Iba a decirnos nuestros alumnos, Directora Riolenda! --gritó una de las profesoras, desesperada.
--Bien, alumnos--empezó a decir mi tutora de ese año.
Era una profesora joven, no llegaría a los trenta y cinco años. Nos explicó todo, normas y de más que llevaban siendo las mismas cinco años. Y nos dejó irnos, al menos no nos dio una charla estúpida como la mayoría de nuestras tutoras anteriores.
Me acordé de apuntarme mi clase, la 0.5. El cero se refería a el piso y el cinco a el número de clase.
--Al menos no tenemos que subir escaleras --dijo Dealia acompañándome a mi casa.
--El año pasado estábamos en el tercer piso...--suspiré-- ¡Qué sufrimiento!
--Sí. Oye, me quedo a comer en tu casa.
--¿Vale? --reí-- Mis padres no están.
--Me da igual, cocinas bien. Venga, abre --dijo parándose delante de mi puerta--. Y de paso me cuentas lo de Lucas.
Cuando vi su coche girar en la esquina me tuve que obligar a mi misma a no llorar, a contener las lágrimas y a darme la vuelta para irme a mi casa. Al girarme, me choqué con alguien y me caí al suelo.
--¿Alissa?-- dijo Dylan.
Dylan era un chico de mi clase rubio y de ojos impresionantemente verdes. Nunca habíamos hablado mucho, porque él era el popular de la clase y yo era más bien la marginadilla que se pasaba el día leyendo. Que yo supiese, ese chico era un chulo e iba de guay por la vida. Siempre se metía con la gente --normalmente conmigo-- insultándole y tirándole las cosas al suelo. Pero eso había sido hasta mitad segundo de la ESO, cuando había empezado a salir con una compañera, Plissa, que le había cambiado. Había pasado a estudiar, a ser amable con todo el mundo y a tratarme incluso bien.
--Ah, hola Dylan--dije yo levantándome y sacudiéndome las manos.
--Perdona, estaba en mi mundo--dijo él.
--No, era yo, venía de despedir a Lucas...--suspiré. Me dolía recordarlo.
--Es verdad, oí algo de que tenía cáncer, ¿no? --dijo él.
Cerré los ojos conteniendo las lágrimas. ¿Tan poca delicadeza tenía ese chico?
--Sí --suspiré--. Se ha ido a la ciudad para que le hagan quimios y eso.
--Oh... Lo siento. ¿Salíais, no?
Le miré sorprendida. ¿Era adivino o qué? No salíamos, no antes del beso de hacía un par de horas. No sabía si mantenerlo en secreto o no, pero pensé que mejor que no lo supiese nadie. Si pasaba algo, lo cual dudaba, la gente se sentiría mal por mi mejor amigo, no por mi novio.
--No, ¿por?
--Porque como siempre estáis juntos...
--Es porque somos amigos --expliqué--. Nos conocemos desde los tres años, siempre hemos sido amigos.
Me sentía mal por mentirle, pero tampoco es que fuésemos grandes amigos. Pero es que odiaba mentir, soy demasiado buena, desde siempre. Igualmente, no era una gran mentira y técnicamente no salíamos juntos en ese mismo instante.
--Oh, perdona --sonrió--. Igualmente te habrá afectado que se haya ido si os conocíais desde hace tanto tiempo, ¿no?
--Un poco --dije con un suspiro--. Pero bueno, me ha dicho que no esté mal, que se recuperará.
--Todos esperamos eso. ¿Quieres tomar un helado?
--¿Eh? Vale--reí--. ¿Dónde?
--¿En Petite Ice Cream?--sugerió encogiéndose de hombros.
--Vale--sonreí yo.
--Un helado de nata con ositos--pedí yo cuando Dylan pidió su helado.
--¿Ositos?-- se burló él.
--Sí, ositos. Los ositos son para gente mayor como yo--dije yo cogiendo mi helado.
--Comprendo--dijo riéndose y cogiendo su ChocoHelado--. Aunque creo que no era así. Mmm... ChocoHelado.
--El HelaSito está mejor--dije yo.
ChocoHelado y HelaSito eran los nombres que les habíamos puestos a esos dos helados en particular entre todos los compañeros de clase. El ChocoHelado era el helado de dos bolas de chocolate negro y el HelaSito era el helado de nada con ositos de chocolate blanco, aunque también podía ser helado de chocolate blanco o de vainilla. También estaban el FresiDo, el helado de fresa; el LimaDo, el helado de limón y el HelaNilla, de vainilla, entre otros.
--Te has manchado la nariz--dijo él pasándome una servilleta cuando nos sentamos en una mesa apartada en una esquina.
Cogí la servilleta limpiándome la nariz.
--Gracias --musité.
--¿Me das un osito? --miró el helado con hambre-- Porfa.
--¿No eran para niños? --repliqué lamiendo el helado.
--No, no eran para niños. ¡Por favor!
No puede evitar soltar una carcajada y acercarle el helado.
--Va, coge uno, que hoy estoy amable.
Cogió un osito con los dedos procurando no mancharse y lo sujetó con los dientes.
--Gracias --dijo aún con el osito entre los dientes, haciendo que su ''gracias'' sonase como un ''asias''.
--De nada, pequeño Dylancito-- reí atrapando un osito con la lengua.
--¿Dylancito? --preguntó estupefacto.
Cuando acabamos los helados, se ofreció a acompañarme a casa y yo acepté, por supuesto. Dylan me caía bien, cosas que habían pasado a los trece años, teniendo dieciséis, no importaban. Me dejó en la puerta, con una colleja cariñosa de despedida. Me di cuenta de que no había pensado en Lucas desde que me había encontrado a Dylan. Hablaba de cosas superfluas y me distraía, me sentaba bien estar con él.
Subí a mi habitación y le envié un mensaje a Lucas, preguntándole dónde estaba. Poco después me llegó su contestación, diciéndome que aún le quedaba bastante trecho para llegar a Valencia. Después de todo, solo había estado un par de horas con Dylan. Le envié un mensaje, diciéndole que se durmiese. Me llamó.
--¿Sí?--dije cogiéndolo.
--Estaba durmiendo hasta que me mandaste el mesaje.
--Sabes que te quiero, perqueño.
--Es mutuo. ¿Qué tal por ahí?
--No sé. He tomado un helado con Dylan.
--Ya, ya... Helado--dijo con un tono que seguramente iría con un movimiento de cejas hacia arriba y hacia abajo.
--Sí. Helado--reí--. ¿Algún problema?
--No, eres libre de morrearte con quien quieras en la heladería que quieras comiendo lo que quieras--bromeó--. Bueno, voy a ver si duermo sin interrupciones, ejem, ejem, luego te llamo. Adiós.
--Hasta luego--dije colgando.
Esperaba que todo eso fuese en broma. Después de todo, era él el que quería que estuviésemos separados, yo podría haberle esperado. Solo quería distraerme un rato. Ahora no me podía sacar las dudas de la cabeza. Perfecto.